| Dejemos ahora de lado el momento de limitación de la Geworfenheit, del estar arrojado, y quedémonos en que, arrojado y todo, el Dasein se posee de alguna manera a sí mismo. A este autoposeerse es a lo que la tradición llamó siempre el “carácter de persona” del ser humano, es decir, el hecho de ser persona. Si Heidegger no habla de la persona, como lo hacía Max Scheler en la misma época en que se escribía Ser y tiempo, no es porque niegue que el Dasein sea persona, sino porque quiere evitar que se entienda este ser-persona como una realidad que está-ahí y que, además, se autoposee. Para Heidegger la cosa es más radical. El autoposeerse — el ser persona — no es algo añadido al ser del Dasein, sino que es constitutivo de él, es un modo particularísimo de ser (esto es lo que no quedaba claro en Max Scheler). No es que el Dasein sea y se autoposea, sino que sólo es autoposeyéndose. Y por eso, justamente, el Dasein es cada vez mío y tuyo. | Dejemos ahora de lado el momento de limitación de la Geworfenheit, del estar arrojado, y quedémonos en que, arrojado y todo, el Dasein se posee de alguna manera a sí mismo. A este autoposeerse es a lo que la tradición llamó siempre el “carácter de persona” del ser humano, es decir, el hecho de ser persona. Si Heidegger no habla de la persona, como lo hacía Max Scheler en la misma época en que se escribía Ser y tiempo, no es porque niegue que el Dasein sea persona, sino porque quiere evitar que se entienda este ser-persona como una realidad que está-ahí y que, además, se autoposee. Para Heidegger la cosa es más radical. El autoposeerse — el ser persona — no es algo añadido al ser del Dasein, sino que es constitutivo de él, es un modo particularísimo de ser (esto es lo que no quedaba claro en Max Scheler). No es que el Dasein sea y se autoposea, sino que sólo es autoposeyéndose. Y por eso, justamente, el Dasein es cada vez mío y tuyo. |